Hace algún tiempo me encontré con esta frase en las redes sociales…
“La lectura es el viaje de los que no pueden tomar el tren”
– F. Croisset
No puedo decir que soy un buen lector. Cuando agarro un libro usualmente me demoro más de un mes en leerlo. Aparte, no leo más de 7 libros al año sin contar los obligatorios… y esto con suerte. Sin embargo, me gusta leer.
Cuando un libro me agarra a mi, es difícil que lo suelte; aunque tengamos nuestros altibajos, como toda relación, a paso lento, un capítulo a la vez.
Desde aquel momento he pensado mucho en aquella frase, y es que hay mil formas de viajar sin viajar. Tal vez la primera que se aprende sea a través de la lectura, viviendo historias creadas; otros viajes se inician en la imaginación y puede que terminen en la realidad; también escuchando realidades ajenas; imaginando tus canciones favoritas. Para otros tal vez algún porro sirva.
En esta ocasión siento que he re-descubierto que se puede viajar sin viajar, volviendo a «viajar» a tu ciudad, disfrutando hasta el más mínimo detalle de ella.
Sentir a mi familia, sus carcajadas, a la comida: a los huevo revuelto de desayuno, los patacones de compañía y encebollados que hidratan el chuchaqui.
Al calor infernal, el frío del demonio. El zoológico de conductores y peatones bipolares de esta ciudad. A la rivalidad de fanáticos panzones y a la jaba de cerveza. A los circos que se montan en cada semáforo y a los vendedores callejeros. También al meado, los escupitajos y la basura que la Regeneración Urbana se ha «olvidado» de limpiar. Y hasta a los ladrones, aunque con mucho cuidado…
Creo que lo más lindo de un viajero, no es sólo recorrer el mundo, conocer culturas, bañarse de colores; sino también estar enamorado de la ciudad que lo vió nacer y nunca estar cansado de siempre regresar. Tener un lugar al cual llamar hogar.